miércoles

Por los pelos nos libramos




Yo quería una mente clara y un cuerpo diez; godo quería una voz dulce que encandilase; también quería una vida eterna para mi entorno y para mí; quería una sonrisa siempre y quería creerme los anuncios de felicidad; yo quería un piano, luego una flauta, y luego un piano de nuevo...

Tuvimos que despertarnos del querer y vimos lo que tendríamos... una ducha con una voz cantarina que se afina con el agua. Hicimos la reflexión más bonita del mundo: nos conformamos, con una carrera de fondo imperfecta.



El portazo



Era una maleta vieja, desvencijada, sin ruedas de las modernas. Apenas tenía una cremallera que a duras penas realizaba todo el recorrido, pero aún así consiguió cerrarla. No llevaba mucho, claro.

No avisó. Se le oyeron apenas unos pasos porque le habían crecido las uñas, pero ni avisó ni se despidió ni se demoró. Como quién se levanta por la noche a por un vaso de agua, así se fue. Tan sólo nos quedó el portazo, un portazo fortalecido por el aire (el aire siempre sabe cuando soplar fuerte o flojo), que llegaba hasta el centro del cerebro para quedarse del susto que había tenido del ruido del propio portazo. Se quedó grabado en la memoria y entre sueños mal despertados, entre otras cosas, porque no era él muchacho de muchas exageraciones. Él era listo, sabía escuchar y acompañar, sabía enseñar mientras se pronunciaba el silencio o una brisilla cerca del mar venía desde el frente hasta su nariz, que levantaba para gozar todo ese "vientito" que venía directo para acariciarle y decirle a voz en grito, pero suavemente: "estás vivo". No discutía, admitía los errores, callaba las culpas de los otros...

Sospechábamos que algo le rondaba por la cabeza pero quien pensaría que fuera capaz de una cosa así; irse sin previo aviso. Más bien estaba avisando, éramos nosotros los que no queríamos ni podíamos escuchar cómo nos decía que ya tenía que marcharse. No aceptábamos el hecho vital de la renovación y la muerte, del cambio implícito en cada uno de los segundos que transcurren en el minutero. Quisimos retenerlo hasta siempre y por lo mismo se fue. Y es verdad, ahora se me ocurre, que daba señales de querer, tener, que irse allá afuera, allá a las sombras, allá en un espacio que no era el nuestro. Entre su carácter y nuestra ignorancia no escuchábamos sus terribles pasos hacia la puerta. Pero si escuchamos el portazo, aquel que dio al salir, porque supimos en una iluminación que ya habíamos aprendido a gozar del "vientito" que viene de frente para recordarnos que estábamos vivos, ya habíamos aprendido a estar en silencio y a escucharlo, también supimos que habíamos aprendido a querer y a escuchar como él nunca dijo que debía hacerse pero que hacía; sabíamos ya aceptar los errores propios, los caracteres ajenos, las situaciones... Las situaciones. Escuchamos el último portazo porque por fin, y tarde, sabíamos aceptar las situaciones y dejamos de luchar contra los océanos.

Era una maleta muy vieja para que la llevara él solo hasta la puerta y a través de la calle. Al escuchar cerrarse esa puerta invencible me levanté para retenerlo, para gritarle que ya estaba todo bien, que había escuchado lo que tenía que decirme y que lo quería! Pero me detuve frente al espejo cuando me vi con las lágrimas. Me sorprendí. No podía ir a abrir la puerta ahora. Fue entonces cuando descubrí el trozo de tela de la maleta vieja que se había hecho tan deprisa para irse sin aspavientos. No se merecía una maleta tan vieja, sobre todo porque no hacía justicia a todo lo que podríamos meter de él en ella. Y tampoco se la merecía porque era todo blanco y la maleta toda negra. Nisiquiera tenía ruedas la maleta vieja para sus patas cansadas y supurantes. Le dije adiós, te quiero mucho, aunque se me olvidó decírtelo cuando era tiempo de alegría. Te quiero, le dijimos de nuevo.

El veterinario me dijo, días después, que había dejado la maleta en la puerta, se había quitado el collar, y se tumbó en la plancha fría para recibir caballerosamente la inyección de su próximo viaje. Lo diría para consolarme, pero me contó que había escrito "gracias" en su cara antes de postrarse.

sábado

El extranjero

Godo esta mañana se ha despertado, que ya es bastante, pero no me ha saludado, como si no existiese; probablemente no existo, aunque esté pensando en este momento. Si no me habla, no me reconoce, no me mira ni me siente... no existo. Tal y como creía que existo debo aclarar.

Al verlo he sentido su desesperanza y la pesadez de sus pasos. Creía que seguía dormido, pero al parecer me ha despertado Godo y al mirarle creo que me he despertado a la vez. Le he mirado tan profundamente que creía (tal vez soñaba que me había despertado con él, ¡juntos!) estar dentro de su cabeza, moviendo sus pies sintiéndome en un cuerpo extraño o sintiéndome en un cuerpo por primera vez. Qué sueño tan raro... Sentía su mirada clavada en el suelo, sentía su nuca con un peso tan terrible que no podía levantar la cabeza; me he desplazado hasta sus manos por entre las arterias por la inercia del cuello pesado y he creido notar la languidez de cada uno de los dedos; me he movido por las uñas y he notado la carne que roía sin escudo en los paseos que notaba que daba días atrás; me he deslizado hasta sus pies y he notado el peso tan lento que he sentido ganas de empujar su cuerpo entero clanvando mis dientes en el suelo para impulsarnos; le he hecho cosquillas en las plantas porque sé que no puede resistirse a ellas, pero no ha notado nada y, tan casado como estaba, me he dejado caer por el talón y he notado el frío de la piedra por la que caminábamos. Después le he mirado alejarse y he lanzado una mano invisible hacia su sombra, pero no he podido tocarla, quizás por que no tengo mano, sólo ideas...

Tumbado hacia abajo con los ojos intentando mirar lo que quedaba de la figura de Godo en el horizonte he notado, no, he sabido que nos habíamos separado. Creo que siempre hemos estado separados aunque yo pensara que podríamos llegar a ser uno sólo. Y ya no sé en qué piensa Godo, ni si le pasa o no le pasa algo porque he hecho una maleta. He visto en el sueño que él también la hacía, como siempre la hace: no se molesta en poner la clave de números, ni tampoco se molesta en poner el candado a la cremallera. Yo sí lo he puesto.


Luego me he despertado y he visto que Godo se despertaba también, que ya es bastante al ver su cuerpo cabizbajo, pero no me ha saludado, y he sabido que tengo premoniciones, por eso ahora, despierto del todo, he hecho antes que él la maleta y no he puesto el candado ni tampoco me he despedido, porque ya sabía que volvería; y porque también sabía que no iba a ser esa la última vez hiciera una maleta. He intentado meter la vida en ella, pero sólo cabía un cepillo de dientes (ni siquiera cerraba si metía un silbido más).

Ya escribo desde el andén. Han puesto un nuevo sistema de altavoces en la estación para compensar el retraso de siempre. Ahora pienso que sería mejor arreglar las vías, aunque hoy prefiero que tarde un poco en llegar:



Godo ha salido por la puerta de nuestra mente pero ha hecho como si no me viese, quizás no lo ha hecho. Siempre hemos sido dos, sólamente.



Extraído del blog de objetos perdidos del niño invisible que busca entre contenedores invisibles.

lunes

Orden, desorden y una risa y una música

Y no esperó más! Descogió los trastos y se fue.

El día anterior había estado buscando unas pequeñas joyas para empeñarlas. La crisis le había afectado, tras la depresión, y decidió cambiar el valor de su conocimiento por felicidad.

Puso el mundo interior patas arriba, halló volúmenes enteros que discutían con interminables e inútiles argumentos sobre el viento y el agua, sobre el ser y la construcción del entorno, sobre el hoy, sobre el ayer y sobre la nada. Todo parecía pesado. Destrozó el orden de su pequeña habitación mental y comenzó a tirar cosas. La crisis este año había venido fuerte.

Las jerarquías superiores apostaban por la esperanza y la paciencia. Las inferiores defendían el caos. Yo prefirió quedarse en las del medio para valorar la mejor solución, pero se cansó a los pocos años y al llegar la crisis definitiva bajó al fondo e instauró el caos. La solución -pensó-, si la hay, está en las clases bajas.
Arrasó con todo lo inservible, vació los cajones de los cojones y tiró los muebles. Ahora todo estaba por volverse a llenar y lo haría bien, sosegadamente y desde el principio. Salió del escondite y llamó a los bosques, a los valles y al viento, pidiéndoles un riachuelo del que poder aprender. Su habitación empezaría, esta vez, a construirse desde el río y su sabiduría: desde el cambio y la permanecia, desde la fluidez y la claridad que se movía y no se movía al tiempo.

Buceó para acallar el ruido (dios sabe de dónde vendría) y se sintió tan cómodo que abrió los ojos contra la corriente. Fue entonces cuando se le empezaron a chocar frases contra los ojos hundidos; pequeñas pepitas de oro se le embotaban en la cara siguiendo la corriente y tras unos segundos salvaban el obstáculo. Rescató algunas perlas, las meditó, y luego las soltó de nuevo en la corriente del riachuelo. Los devolvió, sin quedárselo, ya nada le parecía suyo.

Permaneción en silencio, sentado a la orilla con las piernas sumergidas y el torso extendido sobre la hierba. Miraba al cielo a carcajadas, llovían, completando el ciclo, las pequeñas joyas que le habían rasgado los ojos y que había soltado en el río:

"Vale más un toma que un dos te daré."
"Dime con quién andas y en la cárcel te visito."
"El que a buen árbol se arrima, centellazo que le cae."
"Si te dan la vaquilla corre con la soguilla."
"A Dios rogando y con el mazo dando."
"Témele más a la mala vecina que a la nieve, Marcelina."
"Estudiante de día y galán de noche, malas trazas tienes de sacerdote."
"Hombre prevenido vale por dos."
"Mujer enferma, mujer eterna."
"Cabra coja no quiere siesta."
"A quien madruga Dios le ayuda."
"Al perro a flaco todo son pulgas."
"Marzo airoso y Abril lluvioso traen a Mayo florido y hermoso."
"El que hambre tiene con pan se sueña."
"En boca cerrada no entran moscas."
"Perro ladrador no es mordedor."
"Aunque la mona se vista de seda, si mona es, mona se queda."
"No rompe por lo delgado sino por lo gordo y mal filado."
"Oveja chamorra y mujer calvita... quita, quita."
"Un grano no hace granero pero ayuda a su compañero."
"Das pan a perro ajeno, pierdes pan y pierdes perro."
"Marzo tiró la madre al río abajo y la buscaba al río arriba."
"Abriles y caballeros hay pocos buenos."
"El que mucho duerme poco dura."
"Piedra movediza nunca cría mofo."
"De grandes cenas están las sepulturas llenas."
"No subas muy alto que la caída será a plomo."
"Vale más lo que deja el sol que lo que el agua cría."
"El pez grande siempre comió al pequeño."
"Un clavo saca a otro clavo."
"Debajo de la mierda está la carne tierna."
"Gente moza y leña verde, todo humo."
"Por la boca muere el pez."
"Vale más pájaro en mano que ciento volando."
"Mujer barbuda no la cambies por ninguna, si la cambias dos por una."
"Sol madrugador y cura callejero, ni el sol calentará ni el cura será bueno."
"Quien escucha de sí oye."
"Quien mal anda mal acaba."
"Colorado al poniente, sol al día siguiente."
"Nunca llueve como truena."
"Para coger cien pájaros antes hay que coger uno."
"El que tiene una mujer guapa es un peligro, pero el que la tiene fea es un peligro y una desgracia."
"En la tierra del mío hombre quien no trabaja no come."
"El que la soga trae arrastro, la suele pisar."
"El que tropieza y no cae, terreno que adelanta."
"Nadie va de romería que no le pese al otro día."
"El hombre y el oso cuanto más feo más hermoso."

Verano de una Noche de Yo.

Lo Fatal y No

Algo dolía, pero en el dolor parecía hallarse también la cara de la alegría. Y pensó en los seres inanimados, sin alma, y pensó en su bienestar quieto de ser sin ser. Más tarde, calmado, Godo pensó en la tristeza de no ser, en la injusticia de la inconsciencia, aun con la pena de ver y de sentir.

Y pensó que había encontrado la causa de sus condenas y de los sufrimientos y que nada podría hacer contra eso. Y se vio atado a los sentimientos, y se vio libre de la ignorancia. Yo no sabía que pensar. Calló mientras se iba.

Godo pensó: "no sé nada, pero aún, por desgracia, puedo sentir. Y además me puedo reír!" Y mató el tiempo y tiró los relojes y sobrevino la calma.

Y lloró y rió al tiempo... Y de repente la vista se le llenó de vida y parecía que le sonreía la mano mientras rozaba las plantas de su pequeño huerto, que crecía.




Dichoso el árbol, que es apenas sensitivo,
y más la piedra dura porque esa ya no siente,
pues no hay dolor más grande que el dolor de ser vivo,
ni mayor pesadumbre que la vida consciente.

Ser y no saber nada, y ser sin rumbo cierto,
y el temor de haber sido y un futuro terror...
Y el espanto seguro de estar mañana muerto,
y sufrir por la vida y por la sombra y por

lo que no conocemos y apenas sospechamos,
y la carne que tienta con sus frescos racimos,
y la tumba que aguarda con sus fúnebres ramos,

¡y no saber adónde vamos,
ni de dónde venimos!...


Grabación del recuerdo de Godo etiquetado como "Rubén Darío, Lo Fatal (1905).".

viernes

Diálogos de un por qué

Y así, sin venir a(l) cuento, se le apareció una respuesta oportuna ante cuya pregunta tuvo que quedar pensativo aquella noche en que ella lo dijo: cualquier intento por acercarse al conocimiento y su conclusión no será sino otra ilusión, nunca podremos deshacernos de la realidad que hemos creado.
Más tarde pensó ya en la poca probabilidad de que fuera una casualidad, sino más bien algo hacia lo que se dirigía de forma inconsciente (o parcialmente consciente) porque había quedado atrapado en la discusión. La ilusión hizo que creyera que se había olvidado de ello. Pero no, ahí estaba de nuevo una nueva puerta que abrir, como pasa con cualquier secuencia prolongada de palabras con sentido (y qué sentir!), o sea, una charla o discusión (sin gritos, claro).
No era casual pues, porque su actitud perseguía la respuesta, pese a que no lo hubiese premeditado (¿cómo se puede pre-meditar si el acto de meditar en premeditar ya es meditar y premeditado?), la buscaba sin querer, queriendo. Como la quiere a Ella: la quiere hasta sin querer. Por fin tenía algo que darle para el postre de aquella charla de aniversario, un postre adictivo para reincidir, más placentero que el chocolate (y más todavía que los anuncios que vende chocolate!). Leyó:

No dejaremos de explorar
y el final de la exploración será
llegar al punto de partido
y conocer el sitio por primera vez


T. Stern Elliot

Godo se agobió al escuchar el pensamiento de Yo, la cabeza le daba cíclicas vueltas.

Recorte de la sección "local" del periódico Sum que se publica desde 1985 en el interior del país.

domingo

El hombre lobo


Godo estaba asustado: acababa de tener un sueño agitado, y de real que era, se sobresaltó al pensar en la posibilidad de que fuera no simplemente fruto de su imaginación, sino algo más cercano a las premoniciones. Yo trató de convencerle de lo contrario dándole una perorata sobre el mal de la superstición en la sociedad moderna y la necesidad de una "buena" educación. Pero Godo no atendía, se quedó pensando en el árbol...
Se imaginó (o adivinó) un camino oscuro por el que debía ir. Tenía la sensación que no sabía dónde se encontraba, pero por extraño que parezca sabía hacia dónde tenía que ir: debía encontrar el árbol dorado. Más tarde Godo interpretó esto como un símbolo de lo que busca en la vida, de búsqueda interior, y concluyó que el olivo, meditarráneo hasta la punta de sus raíces, era su destino. Al encontrarlo debería cuidarlo, coger sus frutos, darle lluvia, hablarle...
No fue un camino fácil. Godo caminaba entre malezas, asustado, tanto por el miedo en sí, que producía más miedo, como por la sensación inevitable de qué pasaría si no llegaba a encontrar el árbol. Pensó en las circunstancias: todo me pasa a mi. Esta frase, cuando Godo le contaba a Yo el sueño, fue el motivo por el que Godo recibión una bofetada del otro lado. Yo no estaba de acuerdo con esa actitud y se lo hizo saber con una buena hostia... fue la hostia de la libertad, pues le hizo a Godo el favor de reaccionar y pensar que sus circunstancias no importaban tanto como la actitud ante ellas. Ojalá hubiera pensado eso en el sueño. Reanudó la narración y siguió en el camino aquel, esperando que algo o alguien le iluminase, pero no parecía haber esperanzas... Determinó que escalaría hasta lo alto de la montaña, o del bosque, o del mar, lo que fuese, para coger la situación por detrás y dirigirla hacia donde él debía. Así lo hizo.
Todo comenzaba a cambiar, la sensanción, la visión de la oscuridad. Fue en este momento cuando vino la luna a alumbrar algo el camino, pensando Godo que era algo milagroso. Yo apuntó que no era casual que en ese punto apareciera luz,sino fruto del cambio personal de... Pero no quería interrumpir demasiado el relato. Godo siguió y siguió.
Al fin encontró el olivo, pero no era lo que se esperaba, como casi siempre. Era todavía más. Se asustó, no sabía, ahora, tras la oscuridad y en la luz, cómo hacerse cargo de ese bello tronco, de esas bellas hojas, de ese bello mar que tenía delante... Se asustó, y se quedó plantado delante, más plantado que el árbol y se despertó como si huyera de la estampida de una manada de ñúes. Yo acabó de escuchar. Fue inapelable y sentencioso en su conclusión: Godo, no tienes cojones.

Extracto de el Diario de Godo en la incertidumbre visto a toro pasado.

jueves

Versos y reversos

Manolete, manolete,
acuerdate del viejo y la vieja
cuando iban hacia
Albacete, hacia Albacete.

Y un latino, bastante King, dijo: et quid temptabat scribere versus erat, a lo que le respondió el pueblo:
Siento tu cuerpo
Siento tu mente,
Siento quinse
Siento veinte.

Camino de España,
Camino de Flores,
Camino me engañas
Camino me jodes.


Hallábase la hija
del rey en el reino,
esperando sentada
su bella mesnada,
conocida por su tristeza
de no hallar varón,
cuando de lino el traje
se apareció el paje
enseñandole la pija
a la hija que reza
alargando su queja.
Pensó la princesa:
menuda es la vida,
cuanto más duele la herida
más grande la sorpresa,
viendo al machón,
riendo tontuno
pues ella se acerca
corriendo al bastón,
cogiendo y besando
aquello que pesa.
Cuán pija la hija,
que al paje se acoje,
dejando la tristeza
que caracterizó a la princesa.